La edición fotográfica: cómo seleccionar tus mejores fotos
Editar y seleccionar tus fotografías consiste en decidir, con criterio y no solo con el corazón, qué imágenes cuentan mejor tu proyecto y cuáles sobra...
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Quizá sea debido a mi carácter inconformista, o quizá a que nunca me ha gustado aceptar algo simplemente porque lo hacía todo el mundo sin cuestionarse nada, pero siempre he sido reacio a creer que hubiera «reglas» en la fotografía.
Desde mi punto de vista, una regla es algo muy poderoso, hecho para seguirse a rajatabla y sin ser cuestionado, a riesgo de recibir una penalización o un castigo. Si no seguimos las reglas de circulación, tendremos problemas y nos puede costar muy caro. O si no seguimos las reglas de seguridad de cualquier trabajo de riesgo, por ejemplo. Supongo que esto nadie lo pondrá en duda. Y en fotografía, no seguir las «reglas de composición» puede significar que el resultado final no sea el que se espera, con la penalización de que la fotografía no sirva.
Pero luego tenemos que los mismos que nos quieren imponer reglas nos animan a «romperlas» cuando ya las sabemos, y esto me parece aún más curioso que su propia existencia, porque una regla no se puede romper. ¿Os imagináis a alguien con el carnet de conducir recién obtenido pensando algo como «ahora que ya me sé las reglas de circulación, voy a romperlas para conducir mejor con mi coche»? El resultado sería catastrófico. De nuevo: una regla no puede romperse jamás y, si se hace, se corren grandes riesgos.
Entonces, ¿no será que en fotografía no hay reglas? En este artículo vamos a tratar de averiguarlo.
Te adelanto la conclusión: en fotografía no existen las reglas de composición, existen las proporciones. Una regla obliga y una proporción solo describe cómo se reparte el espacio dentro del encuadre. Los tercios son una de esas proporciones, la áurea es otra, y puedes decidir la tuya siempre que tengas un motivo para hacerlo.
Michael Freeman, uno de los formadores más respetados del mundo de la fotografía y un estudioso del tema, lo explica a la perfección en su libro 50 caminos hacia la creatividad fotográfica. En él argumenta que las reglas existen para conseguir que las cosas salgan precisas, predecibles y repetibles, exactamente lo que hacen las reglas de circulación. Y eso es justo lo contrario de lo que les pedimos a nuestras fotografías, ya que aspiramos a que sean interesantes y que sorprendan. Por lo tanto, para Freeman, aplicar el concepto de regla a una actividad creativa (no solo a la fotografía) es un gran error.
Además, argumenta que el dicho «las reglas están para romperse» no arregla el problema, sino que lo empeora. Al invitarte a romperlas te está confirmando que existen, con lo que sigues atado, solo que ahora en negativo. Luego, si el punto de partida es falso, saltártelo no te va a liberar de nada.
Vamos a retroceder al año 1783, más de cuarenta años antes de que naciera la fotografía. Sir Joshua Reynolds, el primer presidente de la Royal Academy de Londres, anotó la traducción inglesa del poema de Du Fresnoy sobre pintura. En una de esas notas afirmó que dos luces distintas e iguales no deberían aparecer nunca en el mismo cuadro, ya que una tiene que ser la principal y el resto estar subordinado tanto en tamaño como en intensidad. Estaba hablando de claroscuro y de la jerarquía entre luces en una escena, no de dónde colocar al sujeto.
Un poco más tarde, en 1797, John Thomas Smith, un grabador y pintor de poca monta, citó esa nota en su Remarks on Rural Scenery, cuya traducción al castellano vendría a ser «Observaciones sobre el paisaje rural», y trasladó la idea a las superficies del cuadro. Propuso que el cielo ocupase dos tercios, o bien un tercio si mandaban los elementos del suelo, y que entre agua y tierra la relación fuese de dos a uno. Y pidió permiso, literalmente, para llamar a eso «regla de los tercios». Puedes leer el original en el Internet Archive. Fíjate en que sigue hablando de proporciones de superficie, no de puntos de intersección.
Y con el señor Smith empezaron los problemas. Su propuesta no salió de la Royal Academy ni de un teórico de prestigio, sino de un grabador que pedía permiso para bautizar una preferencia personal. Pero era cómoda de explicar, y de ahí pasó a copiarse de manual en manual durante dos siglos sin que casi nadie volviera a la fuente a comprobar qué decía exactamente.
Y es que las reglas compositivas son fantásticas para aquellos que no son creativos, ya que simplemente aplicándolas les saldrá algo «bonito» a poco que dominen el uso de la cámara de fotos.
Por si esto fuera poco, con la llegada de las cámaras digitales todos los fabricantes empezaron a mostrar una cuadrícula en el visor y en la pantalla, y todavía se simplifica más todo el razonamiento anterior, porque se reduce a cuatro puntos que se encuentran donde se cruzan las líneas.
Y ahí está uno de los problemas. No es que la retícula sea mala, es que llegó hasta nosotros sin ningún tipo de explicación, y una técnica sin su porqué solo puede aplicarse de una manera: automáticamente.
El mismo Reynolds, veintiocho años antes de Smith, en su discurso inaugural de 1769, pidió a los estudiantes jóvenes obediencia implícita a las reglas del arte y que tomasen los modelos aprobados por los siglos como guías infalibles, para imitarlos en lugar de discutirlos. Además, llamó falsa y vulgar a la idea de que las reglas encadenan al genio. Solo encadenan, dijo, a quien no lo tiene. Y lo remató con una frase que ha pasado a la historia: «no destruyamos el andamio hasta haber levantado el edificio» o, dicho de otro modo, «no empezamos la casa por el tejado» como decimos aquí.
Y aquí tenemos otro problema importante a la hora de hablar de reglas en fotografía. Debemos tener claro qué significaban «las reglas» para Reynolds. Para él era copiar a Rafael, a Miguel Ángel y a otros durante años, ya que así eran los programas de formación académica en el siglo XVIII. No eran una instrucción sobre dónde situar a un tipo que cruza una calle. Luego lo que estaba diciendo en realidad es que había que aprender y automatizar la técnica, lo mismo que se necesita hoy con la cámara para hacer una foto.
Pero lo mejor viene ahora. Nueve años más tarde, en el octavo de sus discursos, pronunciado el 10 de diciembre de 1778, el propio Reynolds matizó que las reglas no debían observarse siempre en su sentido literal y que bastaba con preservar el espíritu de la ley. Sus discursos completos están digitalizados y son de acceso libre. Lo divertido es que el hombre al que se atribuye el origen de todo este meollo de las reglas acabó avisando de que no se le tomara al pie de la letra.
Una proporción no es más que un reparto del espacio. Es decir, cuánto espacio del encuadre recibe cada parte. Luego su misión no es mandar, sino describir, y ahí está su valor, porque al describir te obliga a decidir.
El gran fotógrafo José B. Ruiz recopiló las proporciones más utilizadas en fotografía, con la misma tesis de fondo argumentando que los tercios son una entre muchas y ni siquiera la más frecuente. Estas son las cuatro familias con las que más trabajamos en nuestra escuela, Ágora Fotografía.
Propone un reparto del espacio de un 33 % frente a un 66 %. Por ejemplo, un horizonte bajo con mucho cielo, o alto con mucho terreno.
Se puede elegir cuando una zona lleva la información y la otra acompaña. Desequilibrada pero cómoda y por eso es tan versátil.
Su riesgo principal es el automatismo. Sin pensar, produce fotografías correctas y anodinas, todas con el mismo aire.
Propone un reparto del espacio de un 38,2 % frente a un 61,8 %. Algo más cerca del centro que los tercios.
Se puede elegir cuando las dos zonas tienen contenido que merece espacio y ninguna debe aplastar a la otra.
Su riesgo principal es el misticismo. Se le atribuyen propiedades mágicas que no tiene, y la diferencia visual con los tercios es de apenas un cinco por ciento del encuadre.
Propone un reparto del espacio de mitad y mitad. Los japoneses lo formalizaron en su sistema tatami, el de la esterilla de dos por uno con la que miden las habitaciones.
Se puede elegir cuando tenemos reflejos en el agua, arquitectura frontal o retratos de confrontación donde quieres eliminar cualquier distracción. La supuesta regla lo prohíbe, y lo curioso es que en documental es un recurso de primer orden.
Su riesgo principal es que exige precisión. Una simetría a medias parece un fallo de nivelación, no una decisión compositiva.
Proponen un reparto del 10 % frente al 90 %, o del 20 % frente al 80 %. Una franja mínima contra una masa dominante.
Se pueden elegir cuando tenemos un contraluz, cuando el suelo es una silueta sin detalle. O en calle, con una figura pequeña recortada contra un muro enorme.
Su riesgo principal es que, con tan poco espacio, cualquier elemento que sobre en la franja pequeña canta muchísimo.
Decidiendo antes qué manda en la escena y cuánto espacio necesita para mandar. La proporción se deduce de la jerarquía que quieres establecer, nunca al revés. Este es el orden con el que lo trabajamos:
El quinto paso es el que más cuesta y el que más diferencia a un fotógrafo con criterio. Es también uno de los ejes del curso online El proyecto personal fotográfico, ya que una serie se sostiene por las decisiones que se repiten, y el reparto del encuadre es de las más visibles.
Antes de componer nada ya has aceptado un reparto de la escena que no es otro que el del propio rectángulo del visor. Y casi nadie lo usa conscientemente.
El formato 3:2 de la mayoría de las cámaras no salió de ninguna reflexión estética. Salió de Oskar Barnack, que en los años veinte adaptó la película de cine de 35 mm para fotografía fija, la hizo correr en horizontal y obtuvo un fotograma de 24 × 36 mm, el doble del cinematográfico. Un siglo después seguimos componiendo dentro de una decisión de ingeniería.
El 4:3 de las Micro Cuatro Tercios y de los móviles es más cuadrado y sostiene mejor los verticales. El 1:1 obliga a centrar el peso y perdona poco. El 16:9 estira la escena y funciona con calles largas. Debemos tener en cuenta que no hay ninguno que sea mejor que otro, ya que cada uno favorece un tipo de reparto interno.
Y ojo con el recorte. Reencuadrar en Lightroom es cambiar de proporción, una decisión legítima y a veces necesaria. Lo que no es, es un arreglo, ya que si recortas siempre a tercios por defecto has cambiado la cuadrícula del visor por la del ordenador y sigues igual de atado. Ojo con esto.
El más grave es descartar buenas fotografías por «incumplirlas». Es algo que se ve con frecuencia en las primeras clases de revisión de ejercicios: imágenes con un momento excelente que el alumno ha descartado porque el sujeto quedaba centrado o el horizonte partía la foto por la mitad.
Estos son los cuatro que más repetimos.
Componer con el piloto automático de la retícula del visor. El sujeto acaba en un punto de cruce por inercia, no porque le convenga. Prueba a desactivar la cuadrícula durante una semana entera de fotografía de calle. Puede resultarte incómodo los primeros dos días, pero te aseguro que te sorprenderá a partir del tercero. De hecho, lo primero que hago siempre cuando me compro una cámara nueva es desactivarla.
Confundir desequilibrio con dinamismo. Sacar el sujeto del centro no genera tensión por sí solo. La tensión nace de la relación entre lo que hay a un lado y lo que hay al otro.
Tratar el horizonte centrado como un pecado. Como ya hemos visto antes, en una escena simétrica, con un reflejo o una fachada frontal, el reparto al cincuenta por ciento es la composición más adecuada.
Recortar para cumplir en lugar de recortar para contar. Si tras el recorte la foto cumple los tercios pero cuenta menos, el recorte era malo.
En nuestros viajes fotográficos esto se ve muy rápido. Al revisar las fotografías de los ejercicios de los alumnos, cuando alguien empieza a justificar sus encuadres por lo que quería contar y no por lo que la retícula le pedía, es cuando su trabajo empieza a ser interesante.
Por supuesto que los tercios sirven, pero son una proporción, no una regla. El reparto de un tercio frente a dos tercios resuelve bien muchas escenas y es un punto de partida cómodo para quien empieza. El problema aparece cuando se aplica por defecto, sin preguntarse si esa escena concreta pedía ese reparto.
Esa frase la escribió Joshua Reynolds en 1769 hablando de copiar a los maestros del Renacimiento, no de encuadres. Además, presupone que existen reglas que romper. Lo que hay que aprender es qué hace cada proporción con la mirada del espectador. Con ese conocimiento no rompes nada, sino que eliges la proporción más adecuada para lo que quieras transmitir.
Nadie la inventó como tal. El término aparece en 1797 en un libro de John Thomas Smith sobre paisaje pintado, donde se describía cómo repartir superficies de cielo, tierra y agua. La versión moderna, con cuatro puntos de interés en una cuadrícula, es una simplificación muy posterior.
El punto de división. Los tercios reparten en 33 % y 66 %; la áurea, en 38,2 % y 61,8 %. La distancia entre ambas es de apenas un cinco por ciento del encuadre, casi imperceptible en una foto. Discutir cuál de las dos es mejor tiene más de mitología que de fotografía y es, en mi opinión, inútil.
No hay una que gane siempre. En calle mandan el momento y la distancia, y el reparto se decide en décimas de segundo. Por eso trabajamos las proporciones hasta que se vuelven intuitivas: para que en el instante decisivo no tengas que pensarlas, sino reconocerlas.
Componer no es colocar cosas donde toca. Es decidir cuánto espacio recibe cada elemento y por qué. Ese porqué es lo que separa una foto correcta de una foto tuya.
Si quieres trabajarlo con ejercicios concretos y revisión de tus imágenes, échale un vistazo al taller online de street photography o al curso online El proyecto personal fotográfico. Y si prefieres ver todo lo que tenemos en marcha, lo encontrarás en la página de formación.
Autor: Carlos Permuy
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